El hambre en las costas

Él vive del mar

Él vive del mar.

¿Quién?

Él, el niño que creció jugando descalzo y sin camisa,

comiendo cocos y bebiendo agua de pipa,

el que no podía esperar a que sonara el timbre de la escuela

para agarrar la tabla aunque terminara revolcado en la arena,

el que con extranjeros aprendió a hablar inglés y un poco de portugués,

el que medía las lunas llenas y con la caña de pescar salía contento esperando volver con las manos llenas,

el que de tanta agua de sal y rayos del sol rubio se volvió, 

el niño creció, cursos de guardavidas y de instructor de surf tomó,

el ahora hombre con sus ahorros un negocio emprendió,

seis de la mañana limpiaba la playa, acomodar sillas, toldos y tablas era su rutina diaria,

con rentas y clases sus ingresos generaba

proveía para sus cuatro hijos y trabajo a sus amigos daba,

el hombre hoy ora: ¨¿Señor que hago ahora?¨

 En Playa Jacó hay más de 10 escuelas de surf, son 10 personas que con sus ahorros emprendieron un negocio, compraron sillas de playa, toldos y tablas de surf, todas las mañanas son los primeros en llegar al mar, limpian su área y alistan todo el equipo, con este equipo generan sus únicos ingresos y además logran brindar trabajo a otros.  

 Pero hace ya casi 4 meses que llegó un virus y obligó a cerrar las playas para evitar la propagación, impidiendo a estos pequeños empresarios la posibilidad de generar ingresos económicos. Si se analiza la situación son 4 meses sin recibir salario, suponiendo que como personas precavidas tienen ahorros, ¿cuánto tiempo se puede vivir de los ahorros?, que de todos modos ya se vive en un país muy costoso y esto dificulta la oportunidad para ahorrar. Supongamos también que a la mitad de ellos les llegó el ¨bono proteger¨, ¿es suficiente ese bono para cubrir todos sus gastos? ¿qué ha pasado con el resto de las familias?.

 Reinventarse es la solución, por supuesto, hay que buscar otras alternativas para poder pagar la renta y los servicios básicos, porque a pesar de que varias empresas y la municipalidad están donando diarios y con eso se logra tener alimentos en el hogar, no se puede pagar la electricidad con chayotes. Los surfistas están ahora vendiendo almuerzos, postres, están vendiendo sus tablas y prendas de vestir, esto como una medida desesperada para sobrevivir.

Muchos dicen que es mejor las playas cerradas que morir por un virus, pero en el mundo no hay un solo virus, hay miles y hay muchas maneras de morir también y una de ellas es el hambre. Las familias en las costas empiezan a morir de hambre, porque el bono no llegó, porque sus ahorros ya se escasean, porque ya no quedan tablas por vender, porque no abren las playas.

Los que viven en la costa tienen una conexión muy profunda con el mar, que tal vez otras personas no pueden comprender. El tener las playas cerradas les está generando estrés, angustia, ansiedad, deterioro físico, problemas de salud en general.  Si usted vive en la ciudad, cuando ha logrado escaparse un fin de semana para ir a la playa le resulta tan relajante, satisfactorio, siente que se llena de vida, de buenas vibras y logra cargar energías para poder seguir con la rutina y el trajín que se vive en la ciudad, ¿cómo cree que se siente una persona que ha vivido toda una vida cerca del mar y ahora le prohíben entrar? Estas personas necesitan sentir la brisa del mar, bañarse con agua salada, meter lo pies en la arena, para ellos es tan necesario como respirar.

 El gremio de las escuelas de surf son los que se han visto afectados directamente por el cierre de la playa, pero también están los restaurantes, los hoteles, los vendedores ambulantes, los souvenirs, las tiendas, estas empresas generan el mínimo o nada de ingresos pues es muy difícil atraer turistas sin su atractivo principal, la playa.

Entonces, Señor, ¿qué hacen ahora?

Autora: Fany García.

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